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miércoles, 27 de mayo de 2015

Estrellas en Colisión - Capítulo 11

Cazador y presa



Sulu acudió tan rápido como pudo a la sala de teletransportación. Allí encontró al Capitán Kirk, al señor Spock y al doctor McCoy. Estaban bastante bronceados, como si hubieran sido expuestos a un excesivo calor momentos antes de ser teletransportados. ¡Y lo estuvieron! Fueron jalados del transbordador cuando abandonaban el Destructor Estelar, justo antes de que explotara.

“¿De dónde rayos salió esa nave?”, gritó Kirk sorprendido. “¡Apareció de la nada disparando a mansalva!”.

“Aunque inesperado, su ataque ayudó a encubrir la detonación del transbordador”, contestó Spock con pasmosa calma. “Es lo que llamaría una feliz coincidencia”.

“Al menos estamos a salvo. ¿Hay noticias de Scott y Kemra?”, preguntó Kirk.

Sulu guardó silencio.

* * * *

“Disculpe, teniente”, dijo el oficial técnico acercándose a grandes zancadas. Hizo la venia correspondiente al rango del teniente Dackra y prosiguió. “No es que quiera cuestionar su autoridad, Señor, pero ¿es prudente dejar a esos hombres a solas en la bodega Cero-Nueve? No es que cuestione la voluntad del Emperador pero la verdad, no parece que aquellos hombres fueran sus emisarios”

Dackra estaba confundido, no entendía de qué le hablaba aquel hombre.

“¿A quiénes se refiere usted exactamente?”, cuestionó molesto por no recibir la información completa.

“De los hombres que se presentaron en la bodega y nos hicieron salir a todos. Dijeron que eran emisarios del Emperador”. El oficial se sintió confundido, le costaba ordenar sus ideas. “Ahora que lo pienso, podría jurar que son los mismos que trajo ese caza-recompensas, los mismos que encerramos en el almacén de…”

“Esos hombres escaparon”, lo interrumpió Dackra impaciente. “¿Dónde dijo que están ahora?”

Un momento después, un grupo de soldados irrumpió en la bodega Cero-Nueve. La orden que recibieron de Dackra fue clara y contundente: “¡Disparen a matar!”. Sin esperar, fueron hasta el fondo de la bodega y se ubicaron frente a la nave alienígena allí retenida. Uno de los soldados se acercó a la puerta de entrada, presto a instalar en ella un explosivo para abrirla por la fuerza, pero no tuvo chance. El soldado cayó al piso muerto, la coraza de su armadura blanca no fue lo suficientemente fuerte para protegerlo del impacto mortal del láser disparado por las defensas automáticas de la nave. Inmediatamente, los demás soldados abrieron fuego con sus armas.

“¡No es posible!”, exclamó el técnico mientras saltaba tras unas cajas, al igual que Dackra, para protegerse de los láser repelidos por el campo de fuerza que rodeaba la nave. “Durante meses tratamos de ponerla en marcha y todo parecía indicar que esa nave estaba muerta”, le gritó al teniente.

“Otro será el muerto si no recuperamos esa nave”, le respondió Dackra. El técnico no supo interpretar a cuál de ellos dos se refería con esa afirmación.

Dentro del Ave de presa Klingon, en el cuarto de máquinas, Scotty lanzaba un grito de euforia por el intercomunicador. En el puente de mando, Kemra apenas si esbozó una sonrisa.

“Te dije que podría despertar a esta bebé, Allec”.

“Bien hecho, Scott. ¿Crees que podamos tener suficiente poder para salir de aquí?”

“Suficiente para irnos y para reabastecer la Enterprise. La nave es toda suya, Capitán”.

Eso sí le causó gracia. Ni en sus más osadas fantasías, Kemra habría pensado que podría capitanear una nave espacial. Pero helo aquí, comandando una nave Klingon. Finalmente sus muchas horas de estudio podrían ser puestas a prueba. Ahora, si recordaba bien…

Los motores del Ave de presa rugieron, primero tímidamente, desperezándose luego de los muchos meses que estuvieron dormidos y luego, con más fuerza, abalanzándola torpemente hacia adelante, rompiendo varios anaqueles, cajas y estantes de la bodega, haciendo de paso que los soldados se replegaran hacia la salida.

“¿Qué planean hacer? No hay forma en que puedan salir de aquí”, pensó Dackra.

La nave comenzó a rotar sobre su eje, hasta quedar de frente a la pared posterior.

“¿Estás seguro de esto, Scott?”, preguntó nuevamente Kemra por el intercomunicador.

“Absolutamente”, respondió el Ingeniero en Jefe de la Enterprise.

Kemra bajó el escudo de fuerza protector y disparó un par de misiles contra el muro. Justo antes del impacto, levantó nuevamente el campo de fuerza. Si lo hubiera hecho una fracción de segundo más tarde, habrían sido hechos pedazos por el impacto de la explosión. Por fortuna, sus reflejos Jedi no estaban tan oxidados como creía. En cuanto el fuego y el humo se dispersaron, vieron frente a ellos el impresionante paisaje verde de Imraad. El centro de investigaciones había sido construido al borde de un acantilado y los sensores de la nave le habían permitido ver a Scotty que más allá de esos muros tenían mucho espacio libre por donde huir.

“Te lo dije”, recalcó con su burlón acento escocés en cuanto entró al puente de mando.

“Fanfarrón”, murmuró Kemra, divertido con la situación.

El ave de presa cruzó el enorme boquete abierto en el muro y viró para quedar de frente a las instalaciones del centro de investigaciones. De pie junto a la abertura, Dackra levantó su puño maldiciéndolos, mientras algunos soldados continuaban inútilmente disparando. Nuevamente, Kemra desactivó el escudo de fuerza y disparó una ronda de misiles.

Ya el humo se había dispersado cuando el Gran Almirante Sarn arribó para inspeccionar personalmente los restos del ala oeste del Centro de investigaciones Imperial. El teniente Dackra, un grupo de técnicos y un pequeño contingente de soldados estaban muertos. “Que afortunados”, pensó Sarn, a sabiendas que él no tendría tanta suerte cuando rindiera cuentas ante el mismísimo Emperador. Su única esperanza para salvar el pellejo constaba en apurar el paso y perfeccionar la tecnología Fantasma, la misma que, según escuchó decir a los pocos testigos que sobrevivieron, usó la nave alienígena para desaparecer en medio del aire.

* * * *

Skeele entró en el puente de mando y se acercó al Capitán Needa, que permanecía de pie junto a uno de los miradores, contemplando la nave que respondía al nombre de Enterprise, preguntándose si todavía podría hacerse dueño de sus secretos, algo de lo que no se sentía ya tan seguro como antes.

“El caza recompensas se ha marchado, Señor”, reportó Skeele. “Según dijo, las ráfagas que disparó al transbordador de los prisioneros no debieron causar su destrucción”.

“Bien. No hay nada que podamos hacer al respecto”, respondió como distraído. La noticia no parecía importarle demasiado. “¿Qué hay del prisionero que traía de Imraad? ¿Está listo para ser interrogado?”

“Me temo que eso no será posible, Señor”, respondió Skeele. “El caza recompensas dejó al prisionero muy mal herido y hace un momento murió en la enfermería”.

Needa no pareció extrañado con la noticia. Skeele dio media vuelta con intención de alejarse.

“¿Seguro fue así como pasó, Skeele?”. Skeele se detuvo y se volvió de nuevo hacia su Capitán. “Sabes, me he estado preguntando cómo pudo infiltrarse en nuestro Destructor un simpatizante de Xizor. Supongo que el Emperador no estará muy contento cuando sepa que este infiltrado quiso atentar contra la vida de Lord Vader. Es preocupante que la mafia haya conseguido permear nuestra seguridad. ¿No crees posible que este desertor pudiera ser otro infiltrado?”.

“Si el desertor sabía algo al respecto, creo nunca podremos saberlo, Señor”.

Needa rió.

“Estas muy convencido de eso, ¿verdad?”. Skeele no dijo nada. Needa prosiguió. “Verás, antes del atentado, recibí una llamada bastante singular. Quien la hizo pudo burlar los protocolos de seguridad de nuestro sistema de comunicaciones. De no ser por la información que me entregó, habría ordenado que lo ejecutaran en cuanto puso un pie en este Destructor”.

“¿Quién…?”

“Como dije, lo importante fue la información que entregó”, continuó Needa sin permitir a Skeele terminar su pregunta. “Xizor comenzó como un gánster de segunda, que supo usar su poder e influencia para convertirse en amo del bajo mundo intergaláctico. ¿Qué intenciones ocultas lo pueden motivar para comprar a los hombres del Emperador y atentar contra Lord Vader? ¿Crees que esa escoria pueda querer remplazarlo como su mano derecha y una vez en ese puesto, derrocar al Emperador y nombrarse a él mismo como su remplazo?”.

“No puedo siquiera imaginarlo, Señor”, respondió Skeele. “Estos son tiempos difíciles y algunos hombres pueden tener dudas sobre su lealtad al Imperio. Ya no se puede confiar en nadie”.

“Cierto. Por eso tuve que hacer algunas llamadas para confirmar los hechos. Así las cosas, Teniente… ¿a quién debe su lealtad? ¿Al Emperador o a este tal Príncipe Xizor?”

La pregunta tomó a Skeele por sorpresa. Needa sabía de su traición, de forma que cuanto había hecho para silenciar al renegado que lo descubrió y amenazó con delatarlo, resultó en vano. De nada valía haberlo asesinado a sangre fría luego que Bobba Fett lo entregara. Quizás no fue tan buena idea que intentaran asesinar a Darth Vader, pero la oportunidad era excepcional y su muerte habría facilitado mucho las cosas. Skeele ya no tenía fe en las falsas promesas del Emperador Palpatine y más que nada, quería vengar la muerte de su hermano. Xizor le había prometido que si lo ayudaba, él personalmente se encargaría de ejecutarlo. Y por alguna razón, esa fue una promesa en la que Skeele si creía.

Los ya alertados soldados imperiales apostados en el puente rodearon a Skeele. Viéndose descubierto y sabiendo que no podría revelar las verdaderas intenciones del Príncipe Xizor y mantenerse con vida, Skeele recurrió a un bien planeado as bajo la manga para poder escapar. De su cinturón de dotación extrajo un pequeño control y lo sostuvo frente a Needa.

“¡Atrás! Este control detonará un explosivo bien oculto en las máquinas del Destructor, destruyéndolo. No creo que quiera eso, ¿verdad Capitán?”

“Por supuesto que no” fue la lacónica respuesta del Capitán del Avenger, mientras veía al traidor caminar de espaldas, hacia la puerta de salida del puente. “Aunque sospecho que lo harás de todas formas para conseguir tu propósito y matar a Lord Vader, ¿verdad?”

La puerta del puente se abrió. Hubo un destello rojo, un zumbido y Skeele gritó cuando su mano fue abruptamente separada del resto de su cuerpo por el corte limpio de un sable láser. A una señal de Needa, los soldados tomaron prisionero al teniente, que sostenía en shock el muñón de donde, hasta hace un momento, se encontraba su mano derecha.

“Enciérrenlo hasta que decida qué hacer con él”, ordenó Lord Vader, mientras colgaba de nuevo su sable láser de su cinturón. Se volvió hacia uno de los oficiales del puente y le ordenó: “Encárguese de buscar y desmantelar la bomba que Skeele plantó”.

La calma retornó de nuevo al puente de mando y Needa regresó a su puesto frente al mirador. Le costaba aceptar la traición de Skeele. No lo creyó cuando Bobba Fett le llamó a su habitación y lo puso en conferencia con el desertor, ni cuando confirmó cada una de sus afirmaciones. No fue sino hasta cuando Skeele le reportó la “abrupta” muerte del desertor, que se rindió ante la evidencia. Skeele tenía razón en algo: eran tiempos difíciles y ya no se podía confiar en nadie.

Mientras contemplaba la nave intrusa, sintió la presencia de Darth Vader a su lado. El Señor del Sith no saludó al Capitán, no tenía por qué hacerlo. Fue Needa quien se volvió para dar el respectivo saludo militar al que consideraba su superior, en aspectos mucho más relevantes que un simple rango militar.

“Así que, esa es la nave misteriosa, Capitán”. La voz de Vader, reproducida a través de los pequeños parlantes de la máscara, sonaba artificial y de cierta forma, alteraba los nervios de quien la escuchaba, ayudando a incrementar el temor que ya de por si su enorme figura inspiraba. Tal era el poder del lado oscuro de la Fuerza. Pero había otro lado en la Fuerza, uno de luz, que también podía hacerse sentir, incluso a grandes distancias. “Hay alguien allí afuera, alguien a quien quiero ¿Ha informado ya al Emperador de mi regreso?”

“Así es, mi Lord”, respondió Needa. “El Emperador ha enviado al Súper Destructor Terror para recogerlo. Me pidió que le informara que ya que el gobernador Tarkin ha muerto en la Estrella de la Muerte, usted está oficialmente al mando de toda la flota Imperial y…”

“¿Cuánto tardará el Terror para llegar?”, interrumpió Vader.

“Arribara en cualquier momento, mi Lord”.

Vader miró hacia la nave intrusa.

“¡Perfecto! Pronto vendrás a mí… Kemra”.

Sin dar explicación alguna, el señor del Sith abandonó el puente.

* * * *

A bordo del Ave de presa Klingon, el piloto automático conducía mientras Scott y Kemra preparaban todo para transferir la carga de Deuterio que tanto necesitaban para resucitar los motores de la Enterprise.

“Definitivamente prefiero los viejos reactores de combinación materia/antimateria”, comentó Scott. “Es menos peligroso conseguir el combustible que los mueve”.

“En eso creo que tienes razón, Scott”, replicó Kemra. “La Federación no está lista para usar la potencia de un propulsor como el que implementé para que nos trajera hasta aquí”. Scott miró al viejo Jedi y sin percatarse, cayó en trance mientras lo escuchaba. “Haré algo respecto a esos motores en cuanto regresemos a nuestro Universo”, murmuró Kemra. Mientras pronunciaba estas palabras, Scott las repetía una por una al pie de la letra, como si fueran las suyas propias.

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